Reflexiones del oficio

Hace un par de meses una amiga me mandó un mensaje para preguntar si conocía alguna página para traducir cosas que no fuera Google translate, quería algo “más pro”, quería que le recomendara alguna “de las que yo uso”, ante tal solicitud sencillamente conteste: no conozco, lo siento. Unos minutos después de haber recibido mi escueta respuesta, volvió a escribir: “Perdón, acabo de pensar en lo que te pedí ¿te ofendí con mi solicitud?” Después de pensar unos segundos le contesté: “No me ofende pero me hace gracia que creas que resuelvo mis traducciones con dos clicks en una página web”.

Le contesté  “no conozco, lo siento” porque me pareció que minimizaba mi labor como ser humano detrás de la traducción, no porque realmente no conociera sitios que fueran útiles a la hora de traducir y que permitieran ahorrar tiempo en el ejercicio diario de la traducción. Es verdad que hoy en día nos valemos de la tecnología para agilizar nuestros procesos pero de ninguna manera nos han sustituido-al menos por el momento- los traductores automáticos.

A partir de esta conversación comencé a preguntarme qué podría decirle a mi amiga -y a su hermana, que no es traductora- para convencerlas de contratar a un traductor profesional en lugar de caer en el hágalo usted mismo esperando que todo vaya bien con la traducción y que nadie note que google translate está detrás del texto y no un traductor calificado. Quise hacer una lista de millones de razones por las que debería acudir a un traductor calificado pero la verdad es que al final no tengo que hacerlo porque la solicitud de esta chica era “algo” que la ayudara traducir mejor, esta persona no traductora se da cuenta de las carencias de una cosa automatizada y ya experimentó en carne propia que los corpus, diccionarios y demás herramientas sólo funcionan de manera óptima cuando el experto los maneja. De modo que para la hermana de mi amiga sólo hay dos soluciones: o se convierte en experta o contrata a un traductor.

Traducir no es sencillamente pasar de una lengua a otra, es pasar de una cultura a otra, de un género a otro, es cuidar hasta el detalle que pareciera más insignificante en aras de un texto bien logrado. Traducir es encontrar el equivalente más convincente después de hacer largos análisis de pérdidas y ganancias, es dejar las pestañas en el teclado, es amar cada palabra que eliges para el texto, es perderse horas entre textos paralelos en busca de la solución ideal. Ese tiempo invertido, esa interpretación de los sentidos más profundos del texto y esa pasión por encontrar la solución perfecta para el texto meta es algo que ninguna máquina podrá sustituir jamás.